Tampoco es una caja de grillos sin orden ni concierto, donde cada cual ya sabe el tono y el ritmo que le quiere dar a su vida y aquí se les alimenta, se les cuida o, en el peor de los casos, se les entretiene. Ni una cosa ni otra. Es una familia, una comunidad cristiana en camino, abierta a la gracia y que anhela crecer en “pasión por el Evangelio”, que es lo mismo que decir apasionados por Cristo. Si Cristo no nos llama, pues no venimos. Pero si Cristo nos llama, aquí y hasta la muerte. Eso queremos ser, porque así lo quiere la Iglesia en este momento y en este lugar.
Tal vez lo hayamos oído decir, o tal vez lo hayamos pensado en algún momento. Si fuera posible, me gustaría inocular en cada uno de los lectores de estas cuatro líneas de la revista del mes de marzo que me permiten escribir, una apasionada ilusión por el Seminario. Si adoramos con ternura, y madurez de fe, a Cristo en la Eucaristía, hemos de tener pasión por el Seminario; si acogemos el renovador don de la gracia reconciliadora en la Penitencia, hemos de tener pasión por el Seminario; si anhelamos que nos llegue, como alimento en el camino, la Palabra siempre nueva del Evangelio, hemos de tener pasión por el Seminario. Si queremos tener, en fin, sacerdotes santos y preparados, a la altura de los tiempos actuales, fieles e inquietos por Cristo, hemos de tener pasión por el Seminario. Un Seminario con Pasión por el Evangelio necesita una Diócesis con Pasión por el Seminario" (Juan Pedro Rivero, Rector del Seminario Diocesano).
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