domingo, 8 de abril de 2012

“EL SUEÑO DE DIOS ES QUE SEAMOS UNA SOLA FAMILIA”


 






En el más importante de los domingos del Año Cristiano, el Obispo Nivariense presidía en la Sede Provisional de la Catedral el solemne pontifical del día de la Resurrección de Jesucristo.
Bernardo Álvarez recordó en su homilía que “el sueño de Dios es que seamos una sola familia. Una gran familia extendida por toda la tierra, sin que importe la cultura o la nación”. “Me emociona – afirmó- ver que somos un mismo y único pueblo”.  Esta realidad sostiene el hecho de ocuparnos y preocuparnos los unos por los otros, “siendo testigos de Cristo Resucitado, luchando, amando, viviendo con esperanza, al lado de los pobres”. Este es el testimonio- prosiguió el Obispo- que hemos de dar los cristianos, vivir como personas resucitadas, puesto que “hoy podemos encontrarnos con Jesús resucitado cuando encontramos a mujeres y hombres resucitados”.

 
En este sentido recordó Álvarez que no se trata solo de la vida eterna después de la muerte en este mundo sino, también, de la posibilidad de ser personas nuevas, aquí y ahora. “Seres humanos renovados por dentro, con un corazón grande para amar, con corazón fuerte para luchar. Gracias a la vida nueva que nos comunica Cristo resucitado, podemos ser, como dice una canción, “hombres nuevos, luchando en esperanza, caminantes, sedientos de verdad. Hombres nuevos, amando sin fronteras, por encima de razas y lugar. Hombres nuevos, al lado de los pobres, compartiendo con ellos techo y pan”.
Previamente el Obispo había expuesto, como hiciera su homólogo Cases en el pregón de la Semana Santa de La Laguna, cómo la resurrección de Jesús cambió la manera de vivir de los primeros cristianos, que pasaron de ser miedosos, excluyentes, a buscar los primeros puestos, a ser valientes  y libres para anunciar el Evangelio. Por ello monseñor Bernardo Álvarez invitó a los fieles que llenaban el templo de La Concepción a recordar las palabras de Jesús Resucitado: Paz, id al mundo entero a anunciar el Evangelio, ve a mis hermanos, no tengan miedo, yo estoy con ustedes todos los días... Así, apoyados en Cristo- enfatizó- “venceremos una y otra vez, puesto que la lucha con el mal continúa. Hemos de estar atentos y vigilantes. Sin Cristo no podemos hacer nada. Hemos, por ello, de escuchar su Palabra, recibirlo en la Eucaristía, formarnos”.

Al final de la Eucaristía el Obispo impartió la bendición apostólica en el día de la máxima solemnidad para la Iglesia Católica.

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