La ciudad no parece querer despertar. El letargo se apodera de los hombres que esperaron cinco años la venida y anula su voluntad de despedida un sol intenso que primero demora su salida y horas después intensifica el poder de sus rayos. La Virgen, de nuevo en su sillón de viaje, vuelve a presentarse frente a la portada de la iglesia de El Salvador, que ha convertido en su casa durante un mes lleno de promesas cumplidas, de viejos rituales y de renovados sacrificios. En el corazón de los hombres que viven en la ciudad suena un mismo latido, acompasado al ritmo de las campanas de despedida. La plaza es testigo de su última aparición, siempre enigmática sobre el atrio del templo.
Calle arriba, asciende en dirección al barranco de Las Nieves, demasiado deprisa, quizás, para el sentir de los que viven sin consuelo. El polvoriento camino del cauce espera el paso del lustral retorno de la Virgen de las Nieves a su Santuario del Monte. Una vez más, y desde 1680, se cumple el mandato del obispo de Canarias Bartolomé García Ximénez, fundador de la Bajada quinquenal.
Para esta edición, el Patronato Municipal de la Bajada de la Virgen ha querido recrear una de las escenas históricas de mayor arraigo durante los siglos XVII, XVIII y XIX y q


Durante la procesión de retorno, en la cueva de El Roque, se escenifica la Alegoría de la conquista de esta isla de La Palma de José Felipe Hidalgo (1884-1971), obra estrenada en 1930. En este mismo año, estando la Virgen en el Santuario del Monte, el coadjutor de la parroquia Matriz de El Salvador Sebastián Padrón Acosta, se dirigió a los 9000 fieles que habían concurrido, relatando «sucintamente la tradición de la aparición de la Virgen de las Nieves en La Palma y la devoción tan grande que desde entonces despertó», con referencia a las luchas «con los esforzados y altivos guanches».
Por el polvoriento camino, una voz interrumpe el sosiego procesional de los miles de devotos congregados. Las miradas se dirigen hacia una gruta de amplia abertura. Retumbado por el eco del barranco se escucha: «—¡Atrás…atrás. ¡No prosigáis subiendo ese sendero!». Es la primera intimidación y aviso de contienda por parte de los prehispánicos. Insisten: «—¡Retornad a la orilla!». La respuesta de la tropa castellana es convincente: «—¡Miradle! ¡Éste es el pueblo palmero, los hijos de La Palma», que guardan «la fe del castellano, del guanche, la virtud». Refieren a la Virgen «que algún día, los guiará a la gloria la voz de Tanausú». La comitiva, que en sus hombros carga a la Virgen de las Nieves, se dispone a continuar al grito de: «¡—Paso al pueblo palmense!». Las llamadas de los bucios que convocan a los aborígenes no impiden que la imagen continúe su retorno al templo.
Los vecinos de El Roque recrean, asimismo, un cuadro plástico que cuenta este año con la interpretación del Ave Maria. Ya en su templo, tras haber recorrido el polvoriento cauce del barranco de su nombre, dan comienzo diferentes actos litúrgicos, mientras los palmeros se lamentan con desconsuelo de que falten otros 1800 días para la próxima Bajada de la Virgen.
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