
Era cerca del mediodía, y mientras mi abuelo andaba entre las plataneras de la costa de Icod, yo jugaba a ayudarle –hoy sé que jugaba, entonces creía que le ayudaba-. Le dije, “abuelo, tengo hambre”. Esa fue la ocasión para la gran enseñanza:
“Pedro, no digas eso. Tienes ganas de comer, pero hambre no; tú no sabes lo que es tener hambre”. Eso me dijo. Y eso quiero recordar en estos días del mes de febrero en el que queremos no olvidar que en este mundo, a pesar de los avances científicos y técnicos, a pesar de cansarnos de hablar de crisis económica y financiera, en este mundo, dos tercios de la población pasa hambre, y una buena parte contabilizada en millones de personas, muere de hambre. No es que tengan ganas de comer; es que mueren de hambre.
La mesa del mundo está llena de alimentos. En ella, -diez estamos a la mesa-; dos personas, comemos muy bien; ocho de ellas pasan hambre. Dos padecemos de sobrepeso y sufrimos el ataque del colesterol; ocho padecen desnutrición y hasta mueren con el estómago vacío.
La solidaridad llama a nuestra puerta; se nos invita al ayuno voluntario y a entregar lo ahorrado a Manos Unidas. Ayuno voluntario, porque millones ayunan obligados y claman, aunque no los oigamos: “tengo hambre”. Con afecto, y como siempre, un amigo" (Juan Pedro Rivero, para el programa "El Espejo de la Diócesis", en la sección "la carta de la semana").
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