Durante la época del Seminario, tuve mis momentos de dificultad en los que Dios me puso mediaciones para perseverar: mis amigos que pertenecían a un movimiento eclesial, los propios formadores. Al terminar mis estudios, me enviaron a dar clases a algunos institutos como el I.E.S. Realejos, I.E.S. Adeje II y el S.I.E.S Arona. Dos años después fui enviado a las comunidades parroquiales de San Pedro y Santo Domingo de Güímar donde he compartido mi fe durante este último año.
Cuando Dios nos llama para una misión concreta es para que seamos felices, porque en esa misma llamada ya se nos empieza a dar el ciento por uno que Él nos prometió. Por eso, para mí esta llamada al sacerdocio es un don, un regalo, que cada vez que lo medito me impresiona hondamente. ¡Cómo Dios se vale de hombres imperfectos, con defectos, con sus fallos, para ser prolongadores de su obra en medio de este mundo, para ser “otros cristos”. Por ello, lo que me conforta ante todo es tener la certeza -cada vez más fuerte- de que es Dios mismo quien se vale de mis miserias para comunicarle a los demás. Por esto mismo, estos días han sido una continua acción de gracias a Dios por este gran don que me ha hecho.
Dios continúa cada día renovando su llamada a través de nuevas cosas que me va pidiendo, y en este servicio del diaconado, veo impresa la huella de la entrega de Cristo a su comunidad, y a eso me siento llamado por medio de este regalo: el dar la vida por aquellos a los que he sido enviado, especialmente a los más necesitados, procurando ver en ellos el rostro de Cristo resucitado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario