domingo, 28 de agosto de 2011

"DIARIO JMJ" DE UN JOVEN PEREGRINO (V)

Viernes 19 de Agosto de 2011. Este verano algo muy grande está pasando. Cada día es una prueba más de ello. Los jóvenes de todo el mundo estamos volcando cabeza y corazón en manifestar nuestra fe. La JMJ me están permitiendo conocer más de los demás pero también, y quizás eso sea lo más importante, me está permitiendo crecer y conocerme más a mí mismo. Pienso que ha sido un día realmente intenso, lleno de sensaciones muy diversas.

Comenzamos la jornada en un lugar muy emblemático de Madrid, el Parque del Retiro. Sinceramente es un lugar mágico, el retiro es uno de esos sitios especiales en el que la historia se respira. Además es un lugar de percepciones contrarias: frente al bullicio urbano de sus periferias, el Parque ofrece serenidad y naturaleza viva, lugar perfecto para la reflexión. Además, el misterio que se celebraba allí es quizá el más importante de los cristianos, y un pilar fundamental que desborda belleza al tiempo que resulta, en ocasiones, extremadamente difícil de cumplir: el misterio de perdón, el sacramento de la reconciliación donde somos bañados por la misericordia de Dios Padre. Miles de jóvenes convencidos no dudamos en acudir a los 200 confesionarios distribuidos en el Parque, y con ello se podría descubrir que el Retiro, de ser un manantial de oxígeno en medio de la gran urbe, pasaba a convertirse en fuente del perdón de Dios en mitad de un mundo vengativo y rencoroso.

De este modo avanzó el día. Tras admirar la espectacular conexión pictórica sobre Jesucristo en el Museo del Prado, nos sumergimos de lleno en el acto central de la jornada. A las 7:30 de la tarde el Papa llegó a la atestada plaza de Cibeles para dar comienzo a un espectacular y multitudinario vía crucis, acompañar a los que sufren, consolarles y compadecer desde la contemplación del sufrimiento de Jesús. Con esa misión empezó el acto en el que cada estación estaba representada en un paso de semana santa de la imaginería española más sobresaliente, importantísimas obras de arte que sacaban por primera vez de sus lugares de origen y fuera del triduo pascual. Contemplar y meditar ante cada una de estas imágenes conmovía; como conmovedor y emocionante fue el rezo del viacrucis. Me sentí cerca del que sufre, a través de Cristo que sufrió por nosotros. El calor seguía siendo asfixiante… Pero, ¡valió la pena un esfuerzo más!.

Ojalá la JMJ supusiera un cambio real y radical para mejorar el mundo, aliviando el dolor de los demás. Pero lo difícil es empezar por lo pequeño y el mundo siempre empieza dentro de cada uno de nosotros.

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